Este texto no es una recomendación mía, sino que proviene de un buen amigo...y espero que no sea la última, es un artículo que habla sobre un periodista, Miguel Gil, de manos de Reverte, el artículo no tiene perdida, y además nos recuerda que de vez en cuando surge gente dispuesta a entregarse por causas más nobles, que de verdad hay cosas por hacer y que de verdad hay cosas que se hacen....
Son las siete y pico de la mañana y Márquez
me llama desde Israel, tío, acaban de
cargarse a Miguel en Sierra Leona. Le digo
que sí, que ya lo sé, que acaba de decirlo la radio.
Una emboscada. Iban él y Kurt Schork -Holiday
Inn de Sarajevo, agencia Reuter, dos puertas más
allá en el mismo pasillo-, buscando lo que buscas
siempre en ese oficio: una historia, una imagen.
Todo eso, en África y en plena merienda de
negros. Ni un ruido, ni un alma, y Miguel y el otro
intentando llegar a alguna parte mientras se ganan
el jornal. Y de pronto, tacatacatá. Achicharrados los
dos sin decir esta boca es mía. Por suerte, apunta
Márquez, los pillaron así y no vivos. Se tarda
mucho más en morir macheteado. Ya sabes: chas,
chas, y mientras tanto dices muchas veces ay.
Luego Márquez se despide y yo me quedo
pensando que Márquez sólo es duro por fuera, y
que se le nota muy jodido por Miguel. Por nuestro
Miguelito. Han rescatado el cuerpo, dice antes de
colgar. Así que cuando lo devuelvan a Barcelona,
mándale una corona tuya y mía. O mejor ve al
entierro. He contestado sí, claro que iré. Pera la
verdad es que no pienso ir. No tengo cojones para
ponerme delante de Pato, su madre.
Luego me he quedado muy callado y muy
quieto, recordando al tipo alto, muy educado, que
se nos acercó una noche en un bar de Split
pidiendo que lo dejáramos acompañarnos en su
moto a la guerra porque estaba harto de coger el
autobús para ir a trabajar como abogado en
Barcelona. Un tipo que tres días más tarde había
tenido su bautismo de fuego y era nuestro ahijado y
nuestro amigo, y a quien -él llegó cuando yo casi
me iba- describí así en Territorio comanche,
pocos meses más tarde: «Era su primer conflicto».
bélico y sé lo tomaba todo muy a pecho porque aún
vivía esa edad en que un periodista cree en buenos
y malos y se enamora de las causas perdidas, las
mujeres y las guerras. Era valiente, orgulloso y
cortés. Mientras otros periodistas contaban la
guerra desde hoteles, él vivía casi todo el tiempo
en Mostar, y cada vez salía y regresaba con
medicinas para los niños. Se lo encontraban entre
los escombros, con un pañuelo verde en torno a la
frente, alto, flaco y sin afeitar, con los ojos
enrojecidos y esa mirada inconfundible que se les
pone a quienes recorren los mil metros más largos
de su vida: mil metros que ya siempre los
mantendrán lejos de aquellos a quienes nunca les
ha disparado nadie
Ahora releo esas líneas y me quedo
absorto, con una incómoda congoja dentro, y
pienso que ya han pasado siete años desde que
Miguel Gil Moreno se presentó aquella noche en
Split, y que su carrera fue como él quiso que fuera:
dura, rápida, brillante y peligrosa. Empezó
buscándose la vida como chófer de periodistas,
luego cogió una cámara para ir a sitios donde nadie
se atrevía a ir, y al fin se hizo una reputación
asumiendo riesgos enormes en zonas muy difíciles,
trabajando por cuatro duros para las televisiones
inglesas. Reportero de guerra de la Associated
Press TV, le gustaba trabajar solo, le dieron un
premio Rory Peck por sus imágenes de Kosovo, le
rompieron dos costillas y le abrieron la cabeza en
el Congo, y dejó boquiabierta a la tribu de
zánganos que transmitía desde los campos de
refugiados cuando fue el único periodista que, al
cuarto o quinto intento, logró meterse en Grozni a
base de perseverancia y de huevos. Y hay algo
que casi nadie sabe, salvo Márquez y yo, y también
Paco Nistal, el páter, capellán de los cascos
azules: era católico creyente, y siempre que podía
se confesaba antes de entrar en combate.
Estuvo siete años debiéndome cien marcos que le
presté un día que andaba tieso, y siempre
bromeábamos sobre esa eterna deuda, que me
negaba a cobrarle si no era en forma de bayoneta
de Kalashnikov, que él siempre juraba traerme en
el siguiente viaje. Sólo tengo dos fotos suyas: una
con Carmelo Gómez e Imanol Arias, el día que
estuvimos juntos por última vez en zona de guerra,
cuando a punto de rodar aquella película
comanche lo acompañamos a filmar a los serbios
incendiando las afueras de Sarajevo al retirarse. La
otra es en Mostar, en una trinchera, con su chaleco
de reportero y el pañuelo en la cabeza que daba
aire de muyahidín islámico a su perfil de halcón
flaco. Hablé con él hace tres semanas, cuando me
llamó desde Londres para que le diese una
entrevista a una periodista amiga suya. Me dijo que
ya tenía treinta y dos, y que a veces estaba
cansado. Poco dinero y mucho riesgo, añadió. Será
malo envejecer así, y quizá deba buscarme algo
por ahí. Ahora recuerdo esa conversación, y me
parece verlo reírse por el agujero del diente que le
faltaba. También lo veo cruzando con su moto a
través de la guerra y de la vida, veloz, impasible y
valiente, del mismo modo que entró en Sarajevo
cruzando el monte Ingman. Y sé que me he
quedado sin la bayoneta de Kalashnikov, y que
cada vez tengo menos amigos y más canas. Unas
canas que Miguel no tendrá nunca.
11 de junio de 2000